Creo que esto es lo último que llegué a escribir. Hace ya casi dos años que no abro un editor de texto sólo para escribir algo mío.
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Chocante y
fofa manera de despertar, rodeado de gente con lágrimas en los ojos,
hinchados de tanto llorar y la voz cortada al preguntar: ¿por qué?
Esa misma pregunta me hago yo, pero no tengo a quién dirigirla.
Mi madre
había pasado las noches en vela a mi lado, ahora dormía
desparramada en un sillón. El hospital no lucía ni barato ni caro,
a lo mucho conveniente, el más cercano a la casa. El Del Prado,
quizá. Al abrir los ojos, aún en contra de la gente que me
acompañaba el primero en abrir la boca fue el Doctor. Sus ojos, en
cambio, estaban inyectados de desaprobación, me dijo lo que ya
sabía, de hace dos noches y lo que pude inferir al despertar. Que me
tomé dosis casi
mortales xanax, que estuve en coma un par de días y que pudieron
salvarme la vida. Ese casi
me perseguiría un buen rato, y es que ahora estaría bajo
vigilancia, apenas despertara mi madre se volvería mi sombra…
En
realidad logro entender perfectamente bien la molestia. El Señor
Doctor ha dedicado gran parte de su vida, tal vez más de la mitad, a
entender el cuerpo humano para así poder curar las enfermedades que
atentan contra la salud y la vida. El que
un Señor Don Nadie pueda de
un momento a otro ir en contra de todo lo que da sentido a su existir
ha de causar un conflicto dialéctico en su interior: la gente que
llega a él lo hace, en los casos más extremos, para que las rescate
de la muerte. En ese sentido ¡nuestro encuentro ha sido accidental!
¡No quería conocerlo! Y después de intentar explicarse porqué
alguien haría tal cosa, ¡seguro él tampoco hubiese querido
conocerme! Me convertí en la primera persona que no hubiese querido
salvar y, por supuesto, que tampoco quería ser salvada…
El
filósofo inglés, Thomas Hobbes, explica que los actos del hombre
siempre están definidos por las sensaciones que despiertan en uno,
es decir, sensaciones buenas o malas. Las sensaciones buenas son las
que llevan en última instancia a perpetuar la vida; las malas, las
que llevan a la muerte. El hombre bueno,
en el sentido del estado natural de los seres humanos, siempre
buscará perpetuar la vida y huirá de la muerte y por tanto sólo
cometerá actos que le den sensaciones buenas. Sin embargo, lo bueno
podría no significar siempre lo fuerte.
Qué fortaleza hay en el huir,
qué puede en ello llevarnos a la última instancia de la superación,
de la trascendencia, del devenir. En ese sentido el hombre malo,
entendiendo la naturaleza del hombre como bipolar, una o la otra,
podría ser aquel que se haya en el mismo punto que el hombre bueno,
pero en un plano más elevado. Pero el hombre malo
no es aquel que busca la
muerte, pues de aquel conflicto dialéctico no se sale victorioso. El
hombre malo
es aquel que la enfrenta, que encara esa naturaleza, que rehúye lo
fácil, lo bueno, lo dado y encara lo que le han dicho que nunca
podrá superar, su propia naturaleza. El hombre malo
es un hombre enfermo, contra
natura, elevado. En ese
sentido, el hombre que intenta quitarse la vida es lo más cercano
que los humanos estarán del devenir.
Pero el
Doctor sabe tanto de filosofía como yo sé de las cantidades
necesarias de fármacos para morir como cualquier persona cuerda
quisiera. No entiende nada fuera del deseo desesperado de los seres
vivos por desear vivir el tiempo más largo posible y de que, desde
tiempos anteriores a la memoria, existe gente como él encargada de
garantizar este deseo. Aquella noche llegó a casa, besó en la
frente a sus hijos, abrazó a su esposa y lloró, pero no fue un
llanto desesperado, de tristeza o impotencia. En realidad, lloró
porque se encontró seguro de haber llegado al punto más alto en su
carrera, porque comprendió, al tener esa vida en sus manos, por
motivos totalmente distintos al resto de las vidas que había tenido
antes en sus manos, que hay más de dos sentidos en el existir de la
gente, que no sólo la gente buena busca la vida y la mala la muerte.
Que hay alguien perfectamente normal, sin problemas económicos,
sentimentales o de alguna otra naturaleza perjudicial para su
bienestar que busca la muerte a tal grado de tomarla por propia mano.

