15 marzo 2011

Ruido

Me siento algo oxidado y esto es lo mejor que ha salido en los últimos meses. El nombre corresponde al nombre del archivo, sin metáfora, sin sentido oculto, así de simple he estado últimamente. Sólo quería deshacerme de esto para poder comenzar a escribir un poco más en serio en los meses que vienen.

***

Recuerdo el tiempo, el lugar. Recuerdo haber escuchado el sonido apagado salido de los auriculares de un joven, un murmullo, el clima húmedo y el cielo nublado a pocos kilómetros de la ciudad en la que las lluvias en verano no eran nada raro. De donde yo vengo el verano es soleado todo el tiempo, las estaciones no han cambiado ni un poco, como si el tiempo no pasase por nosotros, pasaré cinco años fuera y seguramente todo seguirá igual a mi regreso, más bien parecerá igual, pero los niños que hoy juegan en los parques serán adultos precoces, tendrán sus propios niños que mantener. Se debe salir de ahí para saber que el mundo que existe es otro y lo que ahí queda, olvidado por el plan universal, está condenado a repetir su historia infinitamente. Escoger una carrera, una vida. Me niego a aceptar que esa sea la alternativa, la única por lo menos. Debe haber otras vidas fuera de el inmenso plan infinito escrito para cada quien, para cada persona. Creo que a dios se le terminó la creatividad y ha sacado fotocopias para cada uno de sus hijos, me niego a ser parte de ellos, quiero escribir mi propia vida, por ello es que puedo decir que salí de ahí y terminé queriendo escribir la historia que, si no es acaso sólo la de mi vida, no es la de muchos otros. Me negaba a perderlo antes de tenerlo.
Al llegar a la terminal de autobuses comenzó a llover fuertemente, había llegado a la ciudad con un pequeño gran acumulado de ensayos y demás misceláneas para presentar a un editor de la gran ciudad mientras trabajaba en una pequeña publicación universitaria. Bajo tal aguacero era imposible ver más allá del agua que salpicaban mis pies al pisar el suelo, cualquiera que fuese, todo parecía inundado y las calles parecían recorrerse a sí mismas llevándose una a otra ciudad abajo y abandonando todo. La ciudad se detuvo, el ruido de autos, las luces intermitentes en los aparadores, la gente corriendo el las aceras. Todo quedó suspendido por aquellos veinte o treinta minutos que llovió aquel verano y aquella tarde en especial. Corrí tan rápido como pude a buscar refugio pues no podía quedarme más tiempo en el autobús y la maleta en la que traía mis papeles era de dudosa resistencia ante este tipo de embates. A pocos metros de ahí se encontraba un edificio grisáceo y ciertamente poco moderno aunque tampoco era precisamente antiguo. A pesar de la peste a viejo me colé en él.
Resultó ser un viejo museo hace tiempo abandonado, con algunas cuantas pinturas, otras tantas esculturas y sobre todo llena de nombres olvidados o que ni siquiera tuvieron oportunidad de ser conocidos para ser recordados. Me asombró mucho que aquellos nombres tan-sin-importancia pudieran ser honrados con una construcción de considerables proporciones, con pasillos largos, grices y fríos pero de imponente presencia, de techos tan altos como baobabs y anchos como la cauce de un río. En tanto llegaba al final de la que parecía ser la galería central observaba en la pared frente a mí cada vez más cercana una interesante ilustración que hasta el día de hoy no logro entender. Al momento fue tan atrapante que me olvidé del resto de la galería y me dirigí sin más a lo que parecía ser la fotografía de una mujer de nombre de cabello largo, lacio y negro, un cuello largo blanco del que colgaba una cruz de plata negruzca con las iniciales EM. Había llegado, serendipia. El nombre bajo el marco era el de mi padre.

2 comentarios:

Zosesbnv dijo...

Buen texto, si lo trabajas un poco más puedes sacar un cuento de ahí.
Sigue escribiendo Winter, hay que revivir nuestra parte de la blogcosa.

PD: Tienes que arreglar lo de la fecha del post, es poco estético ese 'undefine' xD

Winterchaos dijo...

¿Y eso cómo se hace? xD