21 septiembre 2012

Hojas de hierba


249. Positivo y negativo: Ese pensador no tiene necesidad de nadie para refutarle: se encarga él mismo de ello.
Friedrich Nietzsche

Cierto día de sol, brisa y desasosiego,  un hombre pensó que aquel sería un buen día para morir y, decidido a terminar con el pesado andar sobre viejas huellas escuchó un murmullo, de tan dentro de sí que parecía lejano. Yo soy el tú que aún ama y, por tanto, aún podría amarnos. Si me dieras la oportunidad, podría crecer hasta llenarte y hacerte ver que aún hay caminos que no conoces. A lo que el hombre, ni tardo ni perezoso, contestó: habla.

***

Amo el peligro de las metáforas, devoro versos con la mirada, interiorizo las palabras y siento la carga más pesada sobre mis hombros. ¿Qué es preferible, el peso o la levedad? Imposible dar respuesta, ni la dualidad de Parménides la contesta. Resulta ocioso creer que una vida pueda dividirse entre algo tan simple como la polaridad.
            Ocio, romper el cerco entre las cuerdas y la afrenta, si la respuesta no se encuentra en el irresponsable y dudoso devenir, ¿dónde buscarla? La respuesta es que no existe tal respuesta, que todos, incluso después los alemanes (Schopenhauer y Hegel si quiere nombres) no han logrado comprender, que el devenir no está ni en lo fenomenológico o en lo material, que el devenir es tan cuento de hadas como lo que le contaban a las doncellas en siglos pasados, y que la naturaleza en inmóvil no importa cuanto el mundo gire alrededor del sol, ni cuanto la mente de vueltas a un problema una y otra vez.

No, no se puede negar el devenir, si has dicho que la vida es afrenta, que la sangre hierve cuando el alma se rompe y la mente se templa, si la mente llora mientras el corazón festeja, si el hombre se enamora cuando más agoniza. No, no creo que el devenir sea imposible, pero es que trabaja bajo un modelo de micro-funcionalidad, no mueve el mundo pero sí conciencias, ¿y qué sería del mundo sin el movimiento impreso en cada paso de los hombres? Y, a pesar de cualquiera, hay quienes no recorren caminos ya transitados.
            Ahora mismo, incluso, este ejercicio dialéctico es sin duda molécula componente del devenir…

            Pero qué hastío. Si veo bien hacia dónde se dirige esto, nos veremos envueltos en ejercicios del tipo platónico y socrático pero que, ante todo, ciertamente es dialéctico. Sin embargo, la conciencia del hombre que actúa como resultado de una contradicción tal como ésta aun así no mueve el mundo. Es el mundo, mi amigo, lo material, lo que da forma a nuestro pensamiento, y es así esto un clavo más sobre la tumba de la filosofía hegeliana,  aunque mi mente no da forma al mundo sino a la inversa, esto no explica el movimiento mismo de la voluntad, sólo el hombre la posee y sólo se mueve a sí mismo.

Pruebas de lo contrario nos rodean, y gracias por lo de amigo. El hombre cuya voluntad usted menciona han transformado el mundo a su alrededor y éste, a su vez transformado y ambientando la vida de los hombres, cambia la manera en que cada hombre, en cada contexto geográfico y cultural, transforma las mentes y por tanto las voluntades, ahí está su devenir.

            Pero yo al principio le hablé de la carga más pesada, das schwerste Gewicht de Nietzsche, mi amigo. De aquel eterno retorno que condena los actos del hombre para la eternidad, de aquella levedad que se imprimen en todos los actos mediante la repetición eterna de los mismos. Siendo esto cierto aquellas contradicciones de las que habla vienen valiendo nada, pues nuestros actos ya han sido actuados, nuestros pasos dados y nuestros sueños, por tanto, gastados. El devenir es pues un cuento o un circo, pues no importa aquel ejercicio intelectual o natural, todo ya está definido.

Pero aquello no es más que un mito, alucinaciones de un hombre senil, consumido por la vejez y una enfermedad mental que lo ha dejado loco, tan loco como los alemanes que le seguirán, que matarán y que basarán sus actos en las ideas nihilistas y de supremacía que ese hombre ha escrito, ¿Cómo un hombre como tu podría creer algo que suena más fantasioso que el cuento de Aquiles jugando a las carreras con una tortuga?

¡Exacto!, podrán ser fantasías pero da para que los hombres se devanen los sesos pensando sobre aquel mito así como lo han hecho con las paradojas del eléata. Aunque nada más lejos de la realidad que considerar, al menos por un segundo, tal postulado como una mera invención. Verás, que hay más detrás de ello y por lo cual Nietzsche dijo que no sería comprendido hasta siglos después…
            Imagine una manera de que el tiempo transcurriera de nuevo, ¿no? Pues la hay, por lo menos en teoría y bastante bien sustentada. El universo se expande y por tanto existe el tiempo. Éste en algún momento dejará de expandirse y se contraerá hasta llevar todo al punto de origen, a la no-existencia anterior a la gran explosión. Y de ahí, amigo mío, todo comenzará de nuevo, de nuevo oscuridad que dará paso a la energía y con ella la luz, luz que verá algún día a los hombres cometer los mismos errores cometidos en un ciclo pasado, y que se repetirán infinitamente. Todo esto cuando el tiempo, como ahora, regrese y verá usted aunque no lo sabrá, que esta conversación ya ha tenido lugar y que nada de lo que me diga cambiará eso.

            Bien cierto es que sus palabras tiene peso. Sin embargo, si los hombres están condenados a cometer un error, también será así con sus éxitos, alegrías y felicidades. ¿Por qué entonces piensa usted en cometer un último error, cuando podría disfrutar de dos alegrías más si no adelantara tan trágico suceso? ¿Y no es bien cierto, también, que el hombre de quien tan ferozmente habla usted también dice que es la misma aceptación de esa continuidad lo que crea al super-hombre? No habrá que alejar la mirada del verdadero sentido de las palabras del alemán, no hay porque querer ver por sobre una colina que no existe. La repetición da levedad a los actos y éstos, a su vez, dejan de infundir terror al hombre. Sin terror podría bien ser usted el Übermensch tan ansiado, pero ha decidido rendirse.

            Dos cosas llaman mi atención de sus argumentos. La primera, ¿quién ha dicho que los actos más leves son los mejores? Segundo, ¿cuándo me he rendido?
De lo primero debo decir que los actos que dan sensación de levedad son aquellos que se imprimen menos en el tiempo y que, al final, en el eterno retornar del tiempo, son aquellos que menos importan. Si hemos de actuar igual por la eternidad, prefiero hacerlo con marcada diferencia del resto. De lo segundo, yo no me rindo. Algo he de entender de los actos humanos y es que, desde el momento de nacer, han de buscar, despavoridos, escondite alguno de la muerte. Y si hay acto de mayor peso para la humanidad entera es ir en contra de ella. Así pues, no me rindo, agrego peso a mi estancia en esta parcela de tiempo, me he de entregar lo que por siempre he temido. Afrenta, a eso me refiero.

            Si así ha de pensar, me temo que nada puedo hacer…

            No ha sido capaz usted de soportar un poco de verdad y por ello veo, mi amigo, porqué es usted una parte tan pequeña en mí, y también he de entender que ha sido usted, mas que molestia, un lastre en mi vida, ha sido usted ese escozor de humanidad que se presenta al momento de enfrentarme a tales cuestiones, aquel molesto zumbido antes de actuar como la verdad suprema me indica, ha sido usted el motivo por el cual tanto he tardado en llegar a estas conclusiones. Pero pequeño es y por ello calla ahora.
            Si ha de callar, debo dar gracias, pues ante todo ha sido esta una buena, aunque inútil, última charla.

***

El hombre del cual se habla acá se abandonó al peso de su decisión. Era él un hombre viejo y enfermo que agonizaba desde hacía unas noches, de nombre Francisco y que veía en él, no sin un poco de ironía, algo de aquel autor checo que escribió sobre un hombre que amaneció un día siendo un insecto.
            Así sucedió con él también que una mañana amaneció enfermo y desde ella se aferraba con el alma a su cama, imaginándose insecto, balbuceando una pregunta a quien se acercara, ¿qué cara tiene Gregorio?

18 septiembre 2012

Blowin' in the wind

Hace unos meses caí en cuenta de que estoy triste, pero no como siempre. He tenido depresiones en las que no soporto la sensación en el pecho, ese dolor que asfixia y busco la solución en letras. Ahora es distinto. No pienso igual, no actúo ni creo de la misma manera, soy duro con quienes me rodean y la tristeza no quema, no llora, no sangra. No puedo escribir lo que siento ni de cerca hablar sobre ello y descubrí que esta tristeza no sirve entonces. Y lo equiparo con el amor, aquel amor infértil, que no produce versos, que no se haya en canciones y que no recrea bajo su lente las bondades de amar. Lo triste en mí, lejos de la tristeza en sí misma, es que la mía no sirve. Las canciones de Dylan no producen lágrimas, estremecimiento o algún otro sentimiento más allá del significado mismo de ellas. Me aferro a la idea de que la respuesta está soplando en el viento, y el calor tan inmóvil de la ciudad sólo me desespera aún más. 

 Existe una novela de un autor al cual aborrezco. Pasa esto porque de magníficas historias, y una que otra novela surreales ha pasado a hacer comiquerías de chicas colegialas en apuros y viejos rabo-verde que las enamoran dando así renovación a su vida de cuarentones divorciados, todo esto con un “humor” que no dista mucho de un manga japonés. Pero aquella novela es distinta, oscura, de tal profundidad que no me la creo y que pienso cuadra no sólo etapas de mi vida, sino mi vida misma, encerrando como las novelas de Hesse el alma de alguien en algún momento de su historia.  
     Yo leo y leo pero no escribo. No tan bien como quisiera por lo menos. Pero pienso si es cierto, como dice el verso, que hay que embriagarse de vino, poesía o virtud, pues me la paso en la embriaguez de las letras día con día, minuto a minuto, en su enervante y seco sabor, en la poesía del verso o la prosa, en la virtud de la época que se imprime junto con ellas. Y pienso cierto esto pues quiero en mí una Babel borgiana corriendo por mi sangre, intoxicado de Auster, ebrio de Neruda y agotado en el sopor que me produce una novela de Joyce. Y escribo y escribo, corren por mis venas todas esas palabras descompuestas, se configuran y reconfiguran dentro de mí, en los hexagonales de mi biblioteca vascular, desfragmento novelas enteras y las acomodo según me siento y si la letra no entra como dicen, cierto es que con sangre sí sale. Sangre que hierve y se deja en cada tecla que se oprime, uno no escribe, uno se golpea hasta sangrar lo que lo intoxica.  
     ¿Es que a ese autor ya no le hiere escribir? 

Y durante un tiempo el mundo giró en torno a imitaciones, a re-interpretaciones de una realidad ya gastada. Se acabó el imaginario y quedó lo material y cada uno se aferró a lo propio, lo que creía sólo suyo. En realidad, nada nos pertenece, todo ha sido dicho ya de alguna manera anterior a la nuestra. Lo dijo Borges y debe ser cierto. 

Nadie me cree pero es cierto, uno no despierta después de aquel día pensando que camina entre el mismo aire, que la niebla se difuminó y vemos el horror a la cara, que no espanta pero incomoda pues siempre supimos que estuvo ahí. La gente trabaja ha sabiendas de que no llega a nada, va a comprar cigarros huyendo con la mirada las portadas de los diarios, fuma y hace el amor no queriendo que acabe, igual y no es que no me crean, es que aún lo niegan. No me pregunte qué día, pues nadie es tan tonto. Ese día murió algo que a todos nos rompió dejando escapar los más bellos sueños. Y el amor, el odio y la tristeza no nos saben igual, todo es una repetición, soñamos algo soñado, reciclamos poemas, reutilizamos insultos, lloramos lágrimas que alguien ya usó y no sirven, no nos lavan y eso duele aún más. 
     Comentaba esto con mi madre una vez. Deben saber que madre no esta viva pero aún me deja platicarle ciertas cosas. En realidad, de haber estado viva no me hubiese aguantado más de cinco minutos, por lo que ahora le aprecio ciertamente un tanto más. Le contaba cómo era estar muerto en vida y no poder soportar a la gente más de cinco minutos, y, cierto, entendí lo que le pasaba. Cosa más rara entender a la gente cuando muere que cuando respira, uno ya no soluciona nada así, sólo aprecia sin poder influir en lo que estudia. Largo rato me pasé pensando en ello que no reparé en que llevaba ya unos meses sin salir de casa y, más por mi salud que por cualquier otro motivo, decidí visitar a un ex compañero que de tanto en tanto me dejaba llamarlo amigo. 
     Qué persona más rara, era ilustrado pero había estudiado una carrera técnica de esas que se terminan más rápido que lo que tarda uno en encontrar trabajo. Estaba conforme con ello aunque no satisfecho, a todas luces estaba en sus ojos aquel sentimiento del qué-tal-si. Si hubiese estudiado otra cosa, si no me hubiese casado, si hubiese sido lo que siempre quise. Pero es de los que se quedan con ello, me invita un café una vez por mes y con eso me basta. 
    Aquel día me platicó lo siguiente: ¿qué tanto sabes de los sueños? Es decir ¿crees aquellas cosas que se dicen sobre ellos? Yo no creo que expresen represiones, pues la verdad que me volvería loco con la cantidad de ellas que tengo si hiciese caso a esa teoría (con gran énfasis en la falsación tan débil de aquel postulado freudiano). Y es que yo sueño todos los días y me he tomado la libertad de llevar un diario de sueños, oculto de mi esposa, claro, que ella sí cree en todo aquello. Pero verás, por ejemplo, el otro día soñé que estaba con una mujer, que no es la mía, y caminábamos en dirección a un precipicio. Caminábamos y el camino parecía largo mientras hablábamos de nuestras cosas, meras trivialidades, libros, música, cine. Pero al platicar del futuro, casa, auto, deudas, hijos, sentí una brisa helada y es que habíamos llegado al final del camino y sólo quedaba aventarnos. Te digo que es algo bien raro pues nunca he visto a esa mujer y no representa nada para mí. Dime ¿qué crees? 
     - ¿Ahora dime tú, qué piensas de aquel día? 
     - Curioso, pero te puedo platicar lo que soñé aquella noche. 
     Comienza así: me encuentro sentado en el fondo del mar, lucho por respirar aunque en realidad el aire no me falta, es más una necesidad necia de querer tener algo que no me falta. Por costumbre uno siente libertad en la superficie y en este ambiente en el que me muevo libre, quiero regresar a la comunidad del aire tan malo que tenemos acá arriba. Cabe mencionar que caminaba como lo haría en tierra, incluso hablaba aunque no quisiese hacerlo, la asfixia era terrible. Caminé hacia la parte más oscura y desperté. 
     Termina como el cuento aquel de Monterroso
     Largo rato me platico de otros sueños y creo que nunca había aprendido tanto de él como en ese momento. La gente que aún es capaz de soñar puede conocerse mejor que el resto, sobre todo cuando sus sueños tienen sólo esa óptica tan propia del que los produce. Sonaba convencido, de tener sueños únicos y aun así rechazaba la idea de que le dijesen algo. Tan convencido estaba que su Quijote no tenía Pierre Menard, que no le cabía por un momento la idea de que yo no estuviese sorprendido con ellos. 
     Nos despedimos frente al café, sin más que la esperanza de servirnos en algún otro momento, en un mes quizá. Tuvimos las cordialidades normales, saludos a la esposa y los hijos, que me cuide la pierna, que se crea sus sueños. Y la verdad es que yo pienso muy poco en mis sueños, de tenerlos como él, aprendería más de mí mismo.

01 agosto 2012

He doesn't know why


Quise seguir reciclando (son cosas de casi dos años) pero con eso de que me robaron la laptop, muy pocas cosas quedan. Creo que va siendo rato de comenzar a escribir de nuevo. (Eso de los títulos como que nunca ha sido lo mío).

***

Al primer grito ya sabía lo que pasaba, hasta el más lento lo pudo haber imaginado. Sin playera y descalzo salí de mi habitación y corri a las escaleras. Al segundo, el primero de mi hermana, estaba claro, apúrate, dijo, para eso ya estaba a la puerta de la habitación de mis padres, queda justo sobre la mía aunque es un poco más grande, utilizaron como suelo una pequeña parte que en mi caso es una corniza. Lo primero que vi fue al viejo sentado a mitad de la cama balbuceando, bañado en vomito, mi hermana aún no alcanzaba a captar lo que pasaba, cuando mi madre y yo lo logramos acercar al borde hasta que sus pies alcanzaron el suelo mi hermana sintió la peste, catalizando su miedo, rompió a llorar y yo me enojé. No tanto porque este no era el momento de hacerlo, de mostrar debilidad ni ningún otro machismo, sino más bien porque no hay canallada más grande que hacer llorar a una dama, aunque sea una cualquiera como la que profería lamentos en ese momento, corrió a su alcoba y di un portazo que, en otra circunstancia, habría hecho despertar a mi padre.
   Imbécil, sólo pensaba en ponerlo de pie, acearlo, ponerlo en el sillón para que durmiera sentado y esperar a que despertase para poder romperle la cara. Escenas como esta sólo nos las habíamos imaginado en voz de extraños que decían sacar a los jefes de casa arrastrados de cantinas, tirarlos al frente de la casa y procurar acostarlos de lado para que no pasara algo peor que la resaca. Pero hablamos de gente humilde, más bien pobre que la humildad es virtud, albañiles, vendedores de periódicos, etc., pero este era el caso de un admirado abogado, fundador y socio de los más grandes despachos a nivel regional, de moral intachable, criado bajo la más severa doctrina cristiana nada común en el país y flamante dueño de reputación enormísima, de los que dicen ”yo vine desde abajo, no como los otros”. Escenas como esta, después me vine a enterar, serían más comunes si no se hacía algo. Desde mi regreso mi madre no había hablado mucho conmigo, sus malestares habían incrementado y los medicamentos la hacían dormir todo el día. En una de ésas, después de aquella noche, me comentó que el viejo había estado tomando mucho, empezó como mero compromiso, irse a tomar una copa con los socios y eso, pronto empezó a ausentarse demasiado de casa. Desde antes de partir ya olfateaba irregularidades en su relación y la muerte de la hermana más cercana de mi madre no la tenía con la fuerza de voluntad para sacarlo de esos asuntos, para solucionarlos. Mi hermana estaba dedicada de lleno a su carrera y casi no estaba en casa. Me ausanté 3 años y todo parecía estar igual al día en que partí. Ausente y húmedo, hasta mi habitación conservaba el olor del último cigarro que fumé.
Fue indignante verlo la última vez, aquel gigante monolítico que hace apenas tres años me había deseado suerte en el aeropuerto quedó reducido a cenizas, polvo y peste. Se intentó de todo, mi madre y yo lo metimos como pudimos a la bañera pero ni el agua es tan milagrosa, había dejado de respirar minutos atrás y no quedo más que hablar a una ambulancia. Algo más quedó. Mi padre partía en camilla y sábana blanca sobre el rostro pero en la puerta quedó vergüenza y humillación, qué muerte más deprorable para tan gran personaje dentro de esta mal llamada sociedad.
Consultamos las cuentas de ahorros y sacamos lo necesario, como aún no teníamos acceso al dinero del viejo tuvimos que planear el entierro con fondos propios, lo poco ahorrado de mi madre, el salario de mi hermana y la mitad que quedaba de una beca que recién me había otorgado el gobierno español para continuar mi libro, ellos entenderían, total que si todo era como lo planeado, el viejo tendría unos cuantos miles en la cuenta de banco y podría reponerlo. Así, parte del entierro fue pagado con euros, un modesto velorio mexicano.
   Hice unas cuantas llamadas a viejos amigos que ni siquiera estaban enterados que había llegado a la cuidad.
   –                    ¡Qué sorpresa! Habrá que reunirnos.
   –                    Si es lo que gustas, al rato voy a un velorio que ha muerto mi padre.
   Me sentí nube negra. Pero así asistieron al teléfono varios con reacciones similares. No quise molestar a muchos, sólo hablé a los más cercanos, más allegados. Con los que compartía pláticas de café acerca de las últimas rupturas sentimentales de conocidos, la creciente falta de cultura política en el país o el último disco de las últimas bandas.
   Fuera de la funeraria nos sentimos como antes, fumando atrás del centro comercial, platicando, riendo.  Diciendo cómo nos faltaban nuestros padres, y ahora sí que hacía falta. El funeral transcurrió como cualquier otro, recordando e inventando logros o magnificando pequeñeses del difunto. De cómo de familia humilde y pobre había llegado a ser el Doctor Ceballos. Mirándolo vivo sin observarlo muerto. Las coronas del pésame a la entrada se juntaban por montones, amigos y adversarios las enviaban como compradas por mayoreo y de todos colores. Alguien entonó “A mi manera” en la pequeña ceremonia posterior al entierro y después cada quien a su casa. Mis compañeros, los cuatro que se presentaron, quisieros acompañarme a casa. Camino a ella compramos un par de botellas de merlot. Hacía tanto que no probaba un vino que no fuese español. Platicamos como si nada hubiese pasado, me preguntaban de cómo era mi vida en Barcelona y si había al fin hecho el amor con aquella europea por la cual me fui. Contestaba casi sin ánimos, al calor de la cuarta copa y entre el silencio sólo pude decir:
   –                    Quise golpearlo y ya había muerto.
   No me concedió el último placer. Me había dicho que me amaba y me besó, sólo ebrio era capaz de decir las cosas. Seguro que de haber vivido a la mañana siguiente negaría todo, lo habría olvidado y yo habría querido golpearlo.

09 abril 2012

UNO.docx


Creo que esto es lo último que llegué a escribir. Hace ya casi dos años que no abro un editor de texto sólo para escribir algo mío.

*

Chocante y fofa manera de despertar, rodeado de gente con lágrimas en los ojos, hinchados de tanto llorar y la voz cortada al preguntar: ¿por qué? Esa misma pregunta me hago yo, pero no tengo a quién dirigirla.
   Mi madre había pasado las noches en vela a mi lado, ahora dormía desparramada en un sillón. El hospital no lucía ni barato ni caro, a lo mucho conveniente, el más cercano a la casa. El Del Prado, quizá. Al abrir los ojos, aún en contra de la gente que me acompañaba el primero en abrir la boca fue el Doctor. Sus ojos, en cambio, estaban inyectados de desaprobación, me dijo lo que ya sabía, de hace dos noches y lo que pude inferir al despertar. Que me tomé dosis casi mortales xanax, que estuve en coma un par de días y que pudieron salvarme la vida. Ese casi me perseguiría un buen rato, y es que ahora estaría bajo vigilancia, apenas despertara mi madre se volvería mi sombra…
   En realidad logro entender perfectamente bien la molestia. El Señor Doctor ha dedicado gran parte de su vida, tal vez más de la mitad, a entender el cuerpo humano para así poder curar las enfermedades que atentan contra la salud y la vida. El que un Señor Don Nadie pueda de un momento a otro ir en contra de todo lo que da sentido a su existir ha de causar un conflicto dialéctico en su interior: la gente que llega a él lo hace, en los casos más extremos, para que las rescate de la muerte. En ese sentido ¡nuestro encuentro ha sido accidental! ¡No quería conocerlo! Y después de intentar explicarse porqué alguien haría tal cosa, ¡seguro él tampoco hubiese querido conocerme! Me convertí en la primera persona que no hubiese querido salvar y, por supuesto, que tampoco quería ser salvada…
   El filósofo inglés, Thomas Hobbes, explica que los actos del hombre siempre están definidos por las sensaciones que despiertan en uno, es decir, sensaciones buenas o malas. Las sensaciones buenas son las que llevan en última instancia a perpetuar la vida; las malas, las que llevan a la muerte. El hombre bueno, en el sentido del estado natural de los seres humanos, siempre buscará perpetuar la vida y huirá de la muerte y por tanto sólo cometerá actos que le den sensaciones buenas. Sin embargo, lo bueno podría no significar siempre lo fuerte. Qué fortaleza hay en el huir, qué puede en ello llevarnos a la última instancia de la superación, de la trascendencia, del devenir. En ese sentido el hombre malo, entendiendo la naturaleza del hombre como bipolar, una o la otra, podría ser aquel que se haya en el mismo punto que el hombre bueno, pero en un plano más elevado. Pero el hombre malo no es aquel que busca la muerte, pues de aquel conflicto dialéctico no se sale victorioso. El hombre malo es aquel que la enfrenta, que encara esa naturaleza, que rehúye lo fácil, lo bueno, lo dado y encara lo que le han dicho que nunca podrá superar, su propia naturaleza. El hombre malo es un hombre enfermo, contra natura, elevado. En ese sentido, el hombre que intenta quitarse la vida es lo más cercano que los humanos estarán del devenir.
   Pero el Doctor sabe tanto de filosofía como yo sé de las cantidades necesarias de fármacos para morir como cualquier persona cuerda quisiera. No entiende nada fuera del deseo desesperado de los seres vivos por desear vivir el tiempo más largo posible y de que, desde tiempos anteriores a la memoria, existe gente como él encargada de garantizar este deseo. Aquella noche llegó a casa, besó en la frente a sus hijos, abrazó a su esposa y lloró, pero no fue un llanto desesperado, de tristeza o impotencia. En realidad, lloró porque se encontró seguro de haber llegado al punto más alto en su carrera, porque comprendió, al tener esa vida en sus manos, por motivos totalmente distintos al resto de las vidas que había tenido antes en sus manos, que hay más de dos sentidos en el existir de la gente, que no sólo la gente buena busca la vida y la mala la muerte. Que hay alguien perfectamente normal, sin problemas económicos, sentimentales o de alguna otra naturaleza perjudicial para su bienestar que busca la muerte a tal grado de tomarla por propia mano.