01 agosto 2012

He doesn't know why


Quise seguir reciclando (son cosas de casi dos años) pero con eso de que me robaron la laptop, muy pocas cosas quedan. Creo que va siendo rato de comenzar a escribir de nuevo. (Eso de los títulos como que nunca ha sido lo mío).

***

Al primer grito ya sabía lo que pasaba, hasta el más lento lo pudo haber imaginado. Sin playera y descalzo salí de mi habitación y corri a las escaleras. Al segundo, el primero de mi hermana, estaba claro, apúrate, dijo, para eso ya estaba a la puerta de la habitación de mis padres, queda justo sobre la mía aunque es un poco más grande, utilizaron como suelo una pequeña parte que en mi caso es una corniza. Lo primero que vi fue al viejo sentado a mitad de la cama balbuceando, bañado en vomito, mi hermana aún no alcanzaba a captar lo que pasaba, cuando mi madre y yo lo logramos acercar al borde hasta que sus pies alcanzaron el suelo mi hermana sintió la peste, catalizando su miedo, rompió a llorar y yo me enojé. No tanto porque este no era el momento de hacerlo, de mostrar debilidad ni ningún otro machismo, sino más bien porque no hay canallada más grande que hacer llorar a una dama, aunque sea una cualquiera como la que profería lamentos en ese momento, corrió a su alcoba y di un portazo que, en otra circunstancia, habría hecho despertar a mi padre.
   Imbécil, sólo pensaba en ponerlo de pie, acearlo, ponerlo en el sillón para que durmiera sentado y esperar a que despertase para poder romperle la cara. Escenas como esta sólo nos las habíamos imaginado en voz de extraños que decían sacar a los jefes de casa arrastrados de cantinas, tirarlos al frente de la casa y procurar acostarlos de lado para que no pasara algo peor que la resaca. Pero hablamos de gente humilde, más bien pobre que la humildad es virtud, albañiles, vendedores de periódicos, etc., pero este era el caso de un admirado abogado, fundador y socio de los más grandes despachos a nivel regional, de moral intachable, criado bajo la más severa doctrina cristiana nada común en el país y flamante dueño de reputación enormísima, de los que dicen ”yo vine desde abajo, no como los otros”. Escenas como esta, después me vine a enterar, serían más comunes si no se hacía algo. Desde mi regreso mi madre no había hablado mucho conmigo, sus malestares habían incrementado y los medicamentos la hacían dormir todo el día. En una de ésas, después de aquella noche, me comentó que el viejo había estado tomando mucho, empezó como mero compromiso, irse a tomar una copa con los socios y eso, pronto empezó a ausentarse demasiado de casa. Desde antes de partir ya olfateaba irregularidades en su relación y la muerte de la hermana más cercana de mi madre no la tenía con la fuerza de voluntad para sacarlo de esos asuntos, para solucionarlos. Mi hermana estaba dedicada de lleno a su carrera y casi no estaba en casa. Me ausanté 3 años y todo parecía estar igual al día en que partí. Ausente y húmedo, hasta mi habitación conservaba el olor del último cigarro que fumé.
Fue indignante verlo la última vez, aquel gigante monolítico que hace apenas tres años me había deseado suerte en el aeropuerto quedó reducido a cenizas, polvo y peste. Se intentó de todo, mi madre y yo lo metimos como pudimos a la bañera pero ni el agua es tan milagrosa, había dejado de respirar minutos atrás y no quedo más que hablar a una ambulancia. Algo más quedó. Mi padre partía en camilla y sábana blanca sobre el rostro pero en la puerta quedó vergüenza y humillación, qué muerte más deprorable para tan gran personaje dentro de esta mal llamada sociedad.
Consultamos las cuentas de ahorros y sacamos lo necesario, como aún no teníamos acceso al dinero del viejo tuvimos que planear el entierro con fondos propios, lo poco ahorrado de mi madre, el salario de mi hermana y la mitad que quedaba de una beca que recién me había otorgado el gobierno español para continuar mi libro, ellos entenderían, total que si todo era como lo planeado, el viejo tendría unos cuantos miles en la cuenta de banco y podría reponerlo. Así, parte del entierro fue pagado con euros, un modesto velorio mexicano.
   Hice unas cuantas llamadas a viejos amigos que ni siquiera estaban enterados que había llegado a la cuidad.
   –                    ¡Qué sorpresa! Habrá que reunirnos.
   –                    Si es lo que gustas, al rato voy a un velorio que ha muerto mi padre.
   Me sentí nube negra. Pero así asistieron al teléfono varios con reacciones similares. No quise molestar a muchos, sólo hablé a los más cercanos, más allegados. Con los que compartía pláticas de café acerca de las últimas rupturas sentimentales de conocidos, la creciente falta de cultura política en el país o el último disco de las últimas bandas.
   Fuera de la funeraria nos sentimos como antes, fumando atrás del centro comercial, platicando, riendo.  Diciendo cómo nos faltaban nuestros padres, y ahora sí que hacía falta. El funeral transcurrió como cualquier otro, recordando e inventando logros o magnificando pequeñeses del difunto. De cómo de familia humilde y pobre había llegado a ser el Doctor Ceballos. Mirándolo vivo sin observarlo muerto. Las coronas del pésame a la entrada se juntaban por montones, amigos y adversarios las enviaban como compradas por mayoreo y de todos colores. Alguien entonó “A mi manera” en la pequeña ceremonia posterior al entierro y después cada quien a su casa. Mis compañeros, los cuatro que se presentaron, quisieros acompañarme a casa. Camino a ella compramos un par de botellas de merlot. Hacía tanto que no probaba un vino que no fuese español. Platicamos como si nada hubiese pasado, me preguntaban de cómo era mi vida en Barcelona y si había al fin hecho el amor con aquella europea por la cual me fui. Contestaba casi sin ánimos, al calor de la cuarta copa y entre el silencio sólo pude decir:
   –                    Quise golpearlo y ya había muerto.
   No me concedió el último placer. Me había dicho que me amaba y me besó, sólo ebrio era capaz de decir las cosas. Seguro que de haber vivido a la mañana siguiente negaría todo, lo habría olvidado y yo habría querido golpearlo.

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