18 septiembre 2012

Blowin' in the wind

Hace unos meses caí en cuenta de que estoy triste, pero no como siempre. He tenido depresiones en las que no soporto la sensación en el pecho, ese dolor que asfixia y busco la solución en letras. Ahora es distinto. No pienso igual, no actúo ni creo de la misma manera, soy duro con quienes me rodean y la tristeza no quema, no llora, no sangra. No puedo escribir lo que siento ni de cerca hablar sobre ello y descubrí que esta tristeza no sirve entonces. Y lo equiparo con el amor, aquel amor infértil, que no produce versos, que no se haya en canciones y que no recrea bajo su lente las bondades de amar. Lo triste en mí, lejos de la tristeza en sí misma, es que la mía no sirve. Las canciones de Dylan no producen lágrimas, estremecimiento o algún otro sentimiento más allá del significado mismo de ellas. Me aferro a la idea de que la respuesta está soplando en el viento, y el calor tan inmóvil de la ciudad sólo me desespera aún más. 

 Existe una novela de un autor al cual aborrezco. Pasa esto porque de magníficas historias, y una que otra novela surreales ha pasado a hacer comiquerías de chicas colegialas en apuros y viejos rabo-verde que las enamoran dando así renovación a su vida de cuarentones divorciados, todo esto con un “humor” que no dista mucho de un manga japonés. Pero aquella novela es distinta, oscura, de tal profundidad que no me la creo y que pienso cuadra no sólo etapas de mi vida, sino mi vida misma, encerrando como las novelas de Hesse el alma de alguien en algún momento de su historia.  
     Yo leo y leo pero no escribo. No tan bien como quisiera por lo menos. Pero pienso si es cierto, como dice el verso, que hay que embriagarse de vino, poesía o virtud, pues me la paso en la embriaguez de las letras día con día, minuto a minuto, en su enervante y seco sabor, en la poesía del verso o la prosa, en la virtud de la época que se imprime junto con ellas. Y pienso cierto esto pues quiero en mí una Babel borgiana corriendo por mi sangre, intoxicado de Auster, ebrio de Neruda y agotado en el sopor que me produce una novela de Joyce. Y escribo y escribo, corren por mis venas todas esas palabras descompuestas, se configuran y reconfiguran dentro de mí, en los hexagonales de mi biblioteca vascular, desfragmento novelas enteras y las acomodo según me siento y si la letra no entra como dicen, cierto es que con sangre sí sale. Sangre que hierve y se deja en cada tecla que se oprime, uno no escribe, uno se golpea hasta sangrar lo que lo intoxica.  
     ¿Es que a ese autor ya no le hiere escribir? 

Y durante un tiempo el mundo giró en torno a imitaciones, a re-interpretaciones de una realidad ya gastada. Se acabó el imaginario y quedó lo material y cada uno se aferró a lo propio, lo que creía sólo suyo. En realidad, nada nos pertenece, todo ha sido dicho ya de alguna manera anterior a la nuestra. Lo dijo Borges y debe ser cierto. 

Nadie me cree pero es cierto, uno no despierta después de aquel día pensando que camina entre el mismo aire, que la niebla se difuminó y vemos el horror a la cara, que no espanta pero incomoda pues siempre supimos que estuvo ahí. La gente trabaja ha sabiendas de que no llega a nada, va a comprar cigarros huyendo con la mirada las portadas de los diarios, fuma y hace el amor no queriendo que acabe, igual y no es que no me crean, es que aún lo niegan. No me pregunte qué día, pues nadie es tan tonto. Ese día murió algo que a todos nos rompió dejando escapar los más bellos sueños. Y el amor, el odio y la tristeza no nos saben igual, todo es una repetición, soñamos algo soñado, reciclamos poemas, reutilizamos insultos, lloramos lágrimas que alguien ya usó y no sirven, no nos lavan y eso duele aún más. 
     Comentaba esto con mi madre una vez. Deben saber que madre no esta viva pero aún me deja platicarle ciertas cosas. En realidad, de haber estado viva no me hubiese aguantado más de cinco minutos, por lo que ahora le aprecio ciertamente un tanto más. Le contaba cómo era estar muerto en vida y no poder soportar a la gente más de cinco minutos, y, cierto, entendí lo que le pasaba. Cosa más rara entender a la gente cuando muere que cuando respira, uno ya no soluciona nada así, sólo aprecia sin poder influir en lo que estudia. Largo rato me pasé pensando en ello que no reparé en que llevaba ya unos meses sin salir de casa y, más por mi salud que por cualquier otro motivo, decidí visitar a un ex compañero que de tanto en tanto me dejaba llamarlo amigo. 
     Qué persona más rara, era ilustrado pero había estudiado una carrera técnica de esas que se terminan más rápido que lo que tarda uno en encontrar trabajo. Estaba conforme con ello aunque no satisfecho, a todas luces estaba en sus ojos aquel sentimiento del qué-tal-si. Si hubiese estudiado otra cosa, si no me hubiese casado, si hubiese sido lo que siempre quise. Pero es de los que se quedan con ello, me invita un café una vez por mes y con eso me basta. 
    Aquel día me platicó lo siguiente: ¿qué tanto sabes de los sueños? Es decir ¿crees aquellas cosas que se dicen sobre ellos? Yo no creo que expresen represiones, pues la verdad que me volvería loco con la cantidad de ellas que tengo si hiciese caso a esa teoría (con gran énfasis en la falsación tan débil de aquel postulado freudiano). Y es que yo sueño todos los días y me he tomado la libertad de llevar un diario de sueños, oculto de mi esposa, claro, que ella sí cree en todo aquello. Pero verás, por ejemplo, el otro día soñé que estaba con una mujer, que no es la mía, y caminábamos en dirección a un precipicio. Caminábamos y el camino parecía largo mientras hablábamos de nuestras cosas, meras trivialidades, libros, música, cine. Pero al platicar del futuro, casa, auto, deudas, hijos, sentí una brisa helada y es que habíamos llegado al final del camino y sólo quedaba aventarnos. Te digo que es algo bien raro pues nunca he visto a esa mujer y no representa nada para mí. Dime ¿qué crees? 
     - ¿Ahora dime tú, qué piensas de aquel día? 
     - Curioso, pero te puedo platicar lo que soñé aquella noche. 
     Comienza así: me encuentro sentado en el fondo del mar, lucho por respirar aunque en realidad el aire no me falta, es más una necesidad necia de querer tener algo que no me falta. Por costumbre uno siente libertad en la superficie y en este ambiente en el que me muevo libre, quiero regresar a la comunidad del aire tan malo que tenemos acá arriba. Cabe mencionar que caminaba como lo haría en tierra, incluso hablaba aunque no quisiese hacerlo, la asfixia era terrible. Caminé hacia la parte más oscura y desperté. 
     Termina como el cuento aquel de Monterroso
     Largo rato me platico de otros sueños y creo que nunca había aprendido tanto de él como en ese momento. La gente que aún es capaz de soñar puede conocerse mejor que el resto, sobre todo cuando sus sueños tienen sólo esa óptica tan propia del que los produce. Sonaba convencido, de tener sueños únicos y aun así rechazaba la idea de que le dijesen algo. Tan convencido estaba que su Quijote no tenía Pierre Menard, que no le cabía por un momento la idea de que yo no estuviese sorprendido con ellos. 
     Nos despedimos frente al café, sin más que la esperanza de servirnos en algún otro momento, en un mes quizá. Tuvimos las cordialidades normales, saludos a la esposa y los hijos, que me cuide la pierna, que se crea sus sueños. Y la verdad es que yo pienso muy poco en mis sueños, de tenerlos como él, aprendería más de mí mismo.

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